Durante décadas, los boletos de papel fueron parte inseparable del transporte público en el Gran Concepción. Más que simples comprobantes de pago, estos pequeños papeles acompañaron rutinas diarias, trayectos repetidos y miles de historias cotidianas que hoy comienzan a quedar atrás con la llegada del pago electrónico.
La implementación de nuevas tecnologías en el sistema de transporte ha significado no solo un cambio operativo, sino también el cierre de un ciclo productivo que por años funcionó de manera silenciosa, lejos de la vista de los pasajeros.
Una de las empresas directamente impactadas por esta transformación es Jormar, imprenta que desde 1997 estuvo a cargo de la fabricación de boletos para numerosas líneas de taxibuses del Gran Concepción, incluyendo recorridos emblemáticos de la zona.
Desde la propia empresa reconocen que el término del boleto físico implica el fin definitivo de una línea de trabajo clave para la operación diaria del transporte público.
Se trata de un proceso que no solo afecta a la producción material, sino también a una labor construida a lo largo de casi tres décadas de vínculo constante con las líneas locales, muchas de las cuales confiaron durante años en este sistema tradicional.
El cambio tecnológico, aunque necesario, ha estado acompañado de una sensación de cierre y pérdida.
La desaparición del boleto de papel marca el término de un oficio poco visible para los usuarios, pero fundamental para la recaudación y el control del sistema de transporte durante años.
Al mismo tiempo, abre un escenario de adaptación forzada, donde la modernización obliga a redefinir procesos y modelos de trabajo.
Pese a lo complejo del tránsito, desde el sector se reconoce que la transformación es parte de una evolución inevitable.
La digitalización del pago en el transporte público se instala como un paso irreversible, que deja atrás prácticas históricas y empuja a las empresas a reinventarse frente a un nuevo paradigma tecnológico.
Así, el fin del boleto físico no solo representa un avance en términos de modernización, sino también el cierre simbólico de una etapa profundamente ligada a la memoria urbana del Gran Concepción.